Manuel Estrada Cabrera (fragmento) - atribución: National Photo Company Collection (Library of Congress) - http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Manuel_Estrada_Cabrera_01.jpgAsombroso: Sandra de Colom se proclamó candidata a la presidencia, y la blogósfera y la papelósfera ya daban por resuelto el tema. Los analistas examinaban la intención de voto, y cotejaban las probabilidades de que la Corte de Constitucionalidad se acomodara al gusto de la señora de Colom. Ya se le colocaba, junto con Roxana Baldetti, Zuri Ríos, Nineth Montenegro o Rigoberta Menchú, como punta de lanza del ascenso de las mujeres en la política guatemalteca.

Ante el peso de la realpolitik quedaron tirados, como estorbos menores, la Constitución y el debido proceso legal. Resulta que la persistencia de los analistas, ciudadanos y juristas solo da hasta que gane el más fuerte, no el más justo.

Sin embargo, en esta tierra donde cada día sucede algo, pero igual no pasa nada, la Señora de Colom decidió puyar un avispero aún mayor, y embarcarse en la tortuosa aventura del "divorcio por el bien de la patria". Con esto se ha traído encima el odio y la moralina de muchos, en nombre de la santidad del matrimonio y la familia. Sus opositores están haciendo fiesta, y no han tenido que gastar un centavo.

Aquí el tema no es si de Colom es una buena gerente - parece que lo es - una líder con arrastre y agallas para enfrentar los prejuicios más enraizados de la élite y la clase media capitalina, o el vivo demonio que estos pretenden que es. El problema es que la Constitución es clara, aunque sea injusta. En el país existen procesos largos y difíciles para introducirle enmiendas a la Constitución, y ninguno de los políticos, todos más urgidos por llegar a la Guayaba que por hacer patria, está dispuesto a seguirlos. Cuatro años de intermedio son una eternidad que de Colom no quiere esperar, ni los demás exigir.

Lo dijo Estrada Cabrera: "Para mis amigos la justicia, para mis enemigos la ley."

Así que, señor analista,  no me venga con los balances estratégicos, como si doña Sandra ya fuera candidata. Y, amiga jurista, si la Corte falla a favor de ella, no actúe como que se acabó el problema, como lo hicimos cuando se rechazaron las pretenciones de Ríos Mont. La letra y el espíritu constitucionales con respecto a la cónyuge del presidente son claros, tan claros como la definición del fraude de ley, y sólo la mente torturada de un abogado de causas extremas podría encontrar tres pies a ese gato. Una medida injusta, tal vez, pero para eso están las Asambleas Constituyentes, los plebiscitos y los recursos, por si alguien quiere una causa justa. Si la ley no me gusta, igual es ley. Si la quiero cambiar, debo hacerlo por el camino largo. Mientras no entendamos eso, todo lo demás estará de más. ¿Con qué cara pedir sujeción al empresario que quiere certeza jurídica en la propiedad pero no paga impuestos, al campesino que busca comida y solo le dan palo, al clasemediero que se queja de la falta de seguridad, y al burócrata que trabaja bajo un contrato antojadizo, si se permite la arbitrariedad que suspende las reglas “solito para mí”?

La Presidencia de la República es el primer servicio público y el primer ejemplo de estado. Si para llegar a ella - no importa cuán justa la causa - se pasa por encima de la ley, ¿de qué sirve? No quiero entrar al bando de Estrada Cabrera, cuando dijera “para mis amigos la justicia, para mis enemigos la ley.” No le doy la razón a los que atacan a la esposa del presidente simplemente por su género, extracción social o modales toscos. Pero igual le toca a ella, como a todos los demás, hacer caso. Quizá peco de ingenuo en insistir en que todos, todas, respetemos la letra y el espíritu de la Constitución. Quizá peco de ingenuo, pero si la patria no es un ideal, ¿qué nos queda?