Todos somos gente - atribución: Ministerio de Gobernación de Guatemala - http://www.flickr.com/photos/ministeriodegobernacion/4670486948/Hace algunos días le pregunté a mi hijo de cuatro años qué quería ser cuando fuera grande. Me dijo que todavía no estaba seguro, pero que, en todo caso, deseaba ser policía. Me sorprendió un poco la respuesta, así es que le pregunté el por qué. Con su simplicidad y con esa sonrisa que tienen los niños cuando explican las cosas a los mayores, me dijo algo que en teoría yo debería saber: “porque ellos ayudan”.

Recordé que en las fiestas de noche buena del año pasado, después de quemar unos juegos pirotécnicos, con mis hijos y mi esposa, preparamos algunos panes con jamón, un poco de ponche frío y algunos dulces y chucherías que, junto con unas servilletas y algunos vasos desechables, entregamos a cuatro policías que, dentro de su patrulla, esperaban las doce de la noche, en la esquina de nuestra calle. Mientras organizábamos lo que les llevaríamos, mis hijos me preguntaron por qué los policías estaban ahí y por qué les llevábamos de comer. Respondí que ellos estaban cuidando el vecindario – en especial, a un funcionario que vive cerca – y que era nuestro deber compensar esa ayuda con un pequeñísimo detalle de solidaridad, en un día tan especial. Además, los cuatro policías habían sido espectadores de nuestra alegría y seguramente habían disfrutado, como nosotros, cada destello de los volcancitos y de las estrellitas que quemamos. ¿Por qué no compartir con ellos un poco de nuestros tentempiés? Se los entregamos y agradecieron nuestro gesto y, aunque usted no lo crea, nos ofrecieron a cambio una sonrisa cálida y una feliz navidad.

Pero el punto al que quiero llegar es saber si se ha preguntado usted por qué los chicos siempre quieren ser maestros, policías, médicos o bomberos. ¿Se ha preguntado por qué no dicen que quieren ser presidentes del CACIF, dueños de un ingenio azucarero, diputados, alcaldes, jueces, o incluso economistas? Bueno, yo me lo he estado preguntando estos días y creo que la respuesta es sencilla. Ellos quieren tener esos oficios porque desean ayudar y entienden, con la grandiosa y exuberante razón de los niños, que esas formas de trabajo permiten realizar el bien común.

Es cierto, en los colegios también contribuimos a enseñarles que quienes ejercen esas funciones son nuestros héroes de verdad: gente común y corriente haciendo que todo marche mejor en la sociedad. Sin embargo, lo que les enseñamos en teoría, sólo es eso: teoría.  En la práctica, muchos ciudadanos adultos y el propio Estado han olvidado el importante papel que juegan estas personas, y entonces vemos a los bomberos pedir limosna en las carreteras; sabemos que los chalecos antibalas de los policías son como pétalos de rosa frente a un ataque con AK-47; conocemos que los maestros de Guatemala están, hoy en día, entre los peor calificados y pagados de Latinoamérica y, al igual que los médicos del servicio público, realizan su labor muchas veces haciendo “milagros”.

Con todo esto, estamos seguros que no queremos que nuestros hijos ejerzan puestos en el servicio público, aún sabiendo que probablemente ellos serían excelentes empleados: éticos, puntuales y garantes del honor familiar. ¿Le gustaría saber que a su hijo, como policía, le toca comprar el uniforme y las balas que utiliza para hacer su trabajo? ¿Qué tal una hija maestra que tiene que caminar cuatro horas diarias para llegar a su escuela que, por cierto, no tiene baños ni pupitres? O ¿Una hija médico que trabaje en un hospital en donde no hay medicinas, ni agua? Imagínese a su hijo bombero, una tarde de domingo, con su bote de lata, parado en la carretera que conduce a la Antigua Guatemala.  Bueno, ahora imagine a sus nietos. ¿Cómo cree que serían sus vidas con padres que tienen el empleo que sueñan, pero en una nación que valora poco el servicio público?

En las generaciones que me antecedieron, casi todos mis familiares fueron empleados públicos o funcionarios. Hoy digo, con todo orgullo, que  son personas bien recordadas, a las que jamás de los jamases se les pegó un centavo del erario público y siempre quisieron prepararse mejor para desempeñar sus cargos. Todos llevaron vidas dignas y ejercieron trabajos valiosos para una sociedad que les permitió tener una casa bonita que pintaban cada fin de año, hijos bien alimentados y estudiados y un carrito sencillo.

Bueno, ¿qué hacemos entonces? ¿Les enseñamos a nuestros hijos a desvalorizar la función pública o comenzamos a aprender de su intuición sobre la importancia de esta? Creo, por el bien de la sociedad, que debemos retomar la idea de un servicio civil coherente con nuestras aspiraciones de desarrollo. Debemos comprender que si queremos buenos empleados públicos, efectivos y honrados, tenemos que mejorar sus condiciones laborales y de vida, como antaño. El empleo público es una parte vital del desarrollo, no sólo porque produce los servicios básicos de cualquier sociedad, sino porque constituye una fuente importante de trabajo formal, más que necesario en una sociedad que no genera los suficientes puestos de trabajo de manera privada. Creo que es necesario cuestionar si el país que queremos tiene los empleados públicos que necesitamos. Yo pienso que no. Hoy por hoy los ciudadanos en general, y en particular los mejor preparados, tienen muy pocos incentivos para ser parte de la construcción de los bienes públicos.