Scary eye - atribución: Lisa Lawley - http://www.flickr.com/photos/34093448@N05/5518322388/in/photostream/Yo preocupándome por resaltar a los hombres dignos, y hoy me apetece todo lo contrario. Pido perdón a aquellos que pueda ofender, pero les reclamo abiertamente a todos los demás.

Eran las 15:00 horas, plena luz del día, aún con el sol pegando fuerte en un día caluroso, de casi 30 grados. Iba manejando y pensando en muchas cosas a la vez, como casi siempre: una especie de mecanismo de defensa para separarme del hostil entorno. Era momento de salir de mi universo paralelo y llegar a mi destino.

Busqué estacionarme en el único espacio disponible, y cuando era momento de bajar, un maldito tipo me sorprende ofreciéndome –según él– un gran espectáculo: se masturbaba con su propia orina frente a mí, intentando ocultarse del resto del público en el clásico poste-orinadero de los hombres de este país.

Repulsivo, asqueroso, repugnante. Hasta los animales crean formas y establecen espacios para todas sus necesidades físicas.

Las mujeres deberíamos poder caminar sin temor por las calles, vestir como querramos, andar de día o de noche. Libres.

Lo peor no fue el espectáculo sino el miedo y el enigma. El miedo, porque además del exhibicionismo, el tipo me hacía señas para que yo volteara a verlo y luego, finalizada su faena, tuvo el descaro de acercarse e intentar hablarme. No bajé del carro, sino que llamé a la persona con quien iba a reunirme, para que fuera por mí. En ese momento me sentí impotente y amenazada, porque esto no debería pasarnos a las mujeres.

Esta vez el celular me fue de ayuda, junto con el carro-refugio: máquinas de la modernidad que también maldigo. Me pregunto qué hacen tantas mujeres de a pie en situaciones como esta, quizás con celular, pero sin nadie en la calle que las auxilie en la sociedad del silencio. ¿Qué hace el estado-macho para transformar estas mentalidades y prácticas masculinas? Y ¿qué hacen los hombres?

¿Acaso la solución para las mujeres es vivir encerradas en sus casas? Si ese fuera el planteamiento, me niego rotundamente. Las mujeres deberíamos poder caminar sin temor por las calles, vestir como querramos, andar de día o de noche. Libres.

No podemos venir con el cuento de que tipos como este tiene desviaciones mentales y un  perfil de manual psiquiátrico. La triste realidad es que un alto porcentaje de hombres son perpetradores de violencia contra las mujeres, y esta amenaza la tenemos en la calle y en la casa. Si se les quiere exculpar  señalándolos de “locos” tendríamos que asumir que no son unos cuantos, sino que en mayoría los hombres guatemaltecos tiene serios problemas de salud mental. Entonces, además de cárceles, sería necesario construir psiquiátricos por cada departamento y municipio. Los hombres permanecerían en esos centros y las mujeres gobernaríamos el país. Estos serían interesantes argumentos para otra novela al estilo de “El país de las mujeres” de Gioconda Belli, sólo que esta vez sería en serio. No sería por una baja de testosterona producida por la erupción de un volcán, sino por la evidente enfermedad de la violencia masculina que los ha llevado a la locura, a matar a sus congéneres y a matarse entre ellos.

Mi enigma: ¿Cómo cambiar a los hombres? ¿Es posible? Los hombres, ¿quieren cambiar? Llevo más de diez años estudiando las masculinidades para dar respuesta a estos cuestionamientos y hay días como estos en que me hundo en la desesperanza de que pueda ser posible un cambio. Claro, no ayuda para nada que unos cuantos –o muchos– se ofrezcan como especímenes de laboratorio en exposición.